domingo, 13 de noviembre de 2011

LAS BABAS DEL DIABLO

Leo un cuento, Las babas del diablo, firmado por Julio Cortázar, novelista y cuentista argentino. El escritor inicia el cuento planteando una interrogante de cómo escribirlo, si en primera, segunda, o tercera persona, escribe en una máquina Remington con la que comienza a fabular.

El narrador es un observador, ya muerto, lo que despierta el interés de un narrador que ya no existe, sin embargo, conoce la trama del cuento. Aunque parece desordenado, pero es el estilo de Julio Cortázar que mantiene despierto al lector porque en un descuido no se sabe de donde va incluyendo los personajes.

El asunto del cuento, el personaje central es Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado, salió con una cámara fotográfica marca Contax del número 11 de la rue Monsiur LePrince (Francia) el domingo 7 de noviembre del año en curso. Lleva tres semanas trabajando en la versión en francés de un tratado sobre recusaciones y recursos de José Norberto Allende, profesor en la Universidad de Santiago.

El escenario físico es un sol resplandeciente, donde palomas y un gorrión surcan el cielo de París, donde Roberto Michel se dispone a fotografiar con su Contax, una actividad que recomienda a los niños que aprendan, aunque se exige disciplina, educación estética, buen ojo y dedos seguros.

Pese a este escenario ideal de otoño, el fotógrafo profesional, ese domingo no tiene ganas de tomar fotos, hasta que mira por primera vez a uno de los personajes del cuento, un muchachito, nervioso, inquieto, bien vestido, sin dinero en los bolsillos, espera a otro personaje, una mujer rubia, delgada y esbelta, vestía un abrigo casi negro, largo y hermoso. Lo que motiva a Michel observar lo que acontece en ese encuentro.

En la isla donde se dio el encuentro, Michel, curioso, esperaba con su cámara para tomar alguna fotografía del muchacho y la mujer rubia; Cortázar incluye un tercer personaje, un hombre de sombrero gris sentado al volante del auto detenido en el muelle en espera de la pasarela.

El fotógrafo cubría bien la escena, pues estaba a cinco metros de distancia de la pareja, de pronto el muchacho la comenzó a besar, pretendía desnudarla, sin embargo, la mujer en ese momento no quería un amante, simplemente excitarse.

Michel, metió todo en el visor y tomó la foto. Los dos se dieron cuenta, el chico sorprendido y la mujer irritada por el atrevimiento de haber tomado la foto al estilo paparazzi. Ella le exigía la entrega del rollo de la película, él argumentó que las cosas hay que pedirlas de buena manera y que la fotografía no sólo no está prohibida en los lugares públicos, sino que cuenta con el más decidido favor oficial y privado.

Mientras se daba la discusión entre el fotógrafo y la mujer rubia, el chico huyó de la escena, perdiéndose como un hilo de la Virgen en el aire de la mañana, pero esos hilos de la Virgen también se llaman también babas del diablo.

El hombre de sombrero gris que se encontraba en el auto, no era simplemente un curioso, sino que también jugaba un rol en la comedia. De rostro blanco, se acercó a la mujer rubia, para hacer un triángulo insoportable.

Michel no entregó el rollo de la película, al contrario, la rebeló para recordar la escena, en parte se sentía complacido por haber ayudado al muchacho a la fuga ridícula y patética. Después de todo, aquella foto había sido una buena acción; en la que aparecía, una isla, una mujer, un chico y un árbol agita unas hojas secas sobre sus cabezas; también con la satisfacción de haber evitado algo malo para el chico por el hombre de sombrero gris.

De pronto, el narrador da un viraje en el cuento, invierte el orden en los tres personajes, la mujer, el joven y el hombre; la foto había sido tomada, el tiempo había ocurrido, estaban lejos unos de otros, no se sabía quienes eran realmente; tal vez la lente de la cámara Contax, y todo a su alrededor le daba vueltas, incluso, el árbol. El chico por segunda vez logró escapar de la pasarela; mientras el narrador se pone a llorar.

Finalmente vendría la calma, Michel vio pasar una gran nube blanca, seguida de dos más, posteriormente, el cielo limpio; el cuadro se repite, una y otra vez, el cielo se pone gris, luego limpio, quizá sale el sol, otra vez ve pasar las nubes y las palomas y uno que otro gorrión, surcan el cielo de París.

Politólogo y sociólogo (UIA)

martes, 11 de octubre de 2011





JULIO CORTÁZAR EN MÉXICO (1975)
Ernesto Ortiz Diego
Una tarde, casi noche en 1975 Julio Pliego Medina (Tenancingo, 1928-2007), llegaba a visitar a Arnaldo Orfila (Argentina, 1943), él salía a despedir a Julio Cortázar a la puerta de la Editorial Siglo XXI, la cordial sencillez de Cortázar lo acercaba a la gente de inmediato, Pliego le solicitó una entrevista para un programa de televisión que realizaban Eduardo Elizalde y él, dudó un poco por falta de tiempo, pero una amistosa presión de Orfila abrió la apretada agenda de Julio Cortázar para obtener la entrevista, esta se celebró días después en la Editorial Siglo XXI.

La primera visita de Cortázar a México fue en 1975, pero de alguna manera había estado presente por una razón obvia porque algunas cuestiones que había escrito sobre México, tema un poco más inventado que real evidentemente quizá se recuerden dos cuentos, uno de ellos sucedió en México “La noche boca arriba” y el otro no sucede en México, pero el personaje es el axolotl que la da el nombre al cuento, es decir, siempre había una especie de fijación, una moda distancia por México, imaginemos el hecho de haber sido editado en México es motivo de alegría, es establecer un puente muy directo con un pueblo que amaba y admiraba mucho.

Cortázar seguía creyendo que la literatura no era una actividad como en las calles donde los automóviles solo pueden ir en un solo sentido, es decir, del escritor al lector, le parecía que en el siglo XIX el del Romanticismo tendió a considerar al creador como una especie de pequeño Dios y a los lectores como los fieles que debían recibir el mensaje del pequeño Dios; es una idea un tanto mesiánica que tenían algunos escritores como Víctor Hugo y Max Scheler, nuestro tiempo ha visto destruir afortunadamente mucho de esas ilusiones, a él le parecía que actualmente entre el autor y sus lectores puede haber una dialéctica; en ese sentido hay que tener cuidado con un mal entendido, no se trata de escribir para ciertos lectores, porque entonces se puede caer fácilmente en un tipo de literatura didáctica que por lo menos a él le parecía completamente ajena o extranjera; no, se trata de escribir con la suficiente apertura para que el lector sea parte del libro y adquiera una responsabilidad como lector en lo que está leyendo.
Eso fue lo que trató de hacer Cortázar cuando escribió Rayuela (1963), fue a partir de ese momento en que le pareció que el lector que le interesaba era el que él llamó lector cómplice, no en el sentido en que obligatoriamente fuera un lector que le gustara su novela en forma obligada, muy al contrario, podía ser también un lector que leyera el libro y si no le gustaba lo tirara por la ventana, a él le hubiera parecido perfectamente bien si al lector no le hubiera gustado su libro y si no coincidía con sus motivaciones, con su propia concepción del mundo, lo desechara.

De manera que la noción de lector pasivo, esa persona que recibe el mensaje y lo asimila no contaba para Julio Cortázar, y en la medida que él pudiera haber escrito o seguir escribiendo siempre le parecería que el lector es el antagonista fraternal. Ese hermano que no sabía quien era pero que está luchando con el trabajo de creación.

¿Cómo llevó una obra compleja, llena de información a todo tipo de lectores de distintos niveles?, eso es evidente y es un problema que en algunos casos puede ser dramático, pero que también se presta a malos entendidos, sobre todo, que en esta época en que literatura, ideologías políticas y compromisos políticos han dejado de ser elementos separados y tienden a confluir cada vez más.

Es decir, el escritor de nuestro tiempo, Cortázar pensaba en él y otros más, la gente que no solamente se siente comprometida en una línea ideológico-política, o en una causa, si no se siente comprometido con respeto a todos los infinitos individuos que están implicados, están concebidos por el proceso histórico.

En el caso del escritor se trata de sus lectores en general, y allí se plantea los niveles de lectura ¿por quién hay que escribir? ¿cómo hay que escribir?, Cortázar sentía mucho miedo, pero hasta ahora había evitado ese escollo, esa autocensura que consiste en pensar en un lector mientras se está escribiendo. El creía que un escritor, un creador de ficciones que piense en un lector determinado mientras escribe está perdido como creador.

Potencialmente, el lector existe, es ese hermano al que Cortázar aludía, ese hermano que está esperando del otro lado del puente.

En el momento de la creación, el creador está sólo, entonces nada le parecía más peligroso que ese concepto que con mucha frecuencia se trata de imponer en algunas líneas políticas-ideológicas en el sentido de que hay que escribir para el hombre de bajo nivel cultural, para ayudar a aumentar su nivel cultural, o hay que escribir para determinados estratos sociales; Cortázar no creía que ese era el camino, lo que él creía es en la noción del tiempo en la literatura es sumamente relativo.

Libros que no son muy claramente entendidos hoy, lo serán perfectamente dentro de 20 o 30 años, pensemos cuando James Joyce, novelista irlandés, publicó en 1922 su novela Ulises, el libro fue declarado un galimatías y a Joyce de loco para bajo lo trataron de todo lo que se podía, y hoy en día, Ulises, de Joyce se encuentra en ediciones de bolsillo en todas las librerías y no hay ningún problema particularmente difícil de captación de su mensaje.

Cortázar creía en ese sentido, que sería falso y muy peligroso insistir en ese tipo de literatura que en el fondo tiende a ser una literatura populista.

Cortázar creía que cada sector de los lectores tiene sus escritores, sus muy buenos y menos buenos escritores, él conocía a escritores de Francia que de manera más natural y espontánea escriben para sectores populares y le dan buena literatura, no se puede negar eso, pero de allí de convertir en una práctica deliberada, no.

De Rayuela, capítulo 17

“Y así va el mundo y el jazz, es como un pájaro que migra, o emigra, o inmigra otras millas, salta barreras, por la aduana, algo recorre y L. Armstrong Satchmo se difunde por todas partes, con el don de la ubicuidad que le ha prestado el Señor en Birmingham, en Varsovia, en Milán, en Buenos Aires, en Ginebra, en el mundo entero, es inevitable la lluvia, el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones invaluables, al idioma y al folclore, una nube sin fronteras, un espía del aire y del agua, una forma arquetípica, algo de antes, de abajo, que reconcilia a mexicanos con noruegos, y rusos con españoles, los reincorpora al obscuro centro, torpe, mal y precariamente los devuelve a un origen traicionado, le señala que quizá había otros caminos”.

Si algo no se puede programar es la creación, de ninguna manera, se puede programar una actividad ensayística, una actividad científica, esos tienen ya sus cuadros, sus delimitaciones, pero un cuento fantástico no se puede programar y el nivel en que se va a mover ese cuento y el tiempo del lector a quien le va a interesar eso no se puede programar, hay una especie de fatalidad, el cuento escrito, la novela escrita y luego los lectores aparecen, se aglutinan y se sitúan en determinados estratos.

Cortázar tuvo experiencias muy hermosas con la publicación de sus últimas novelas como “Manuel”, cuando se publicó en 1973, Cortázar estaba en Buenos Aires, Argentina, porque era un libro tan comprometido ideológicamente que él tenía que estar allí como era lógico, no podía estar escribiendo en Francia y quedarse lejos, había que asumir una responsabilidad de tipo personal, y allí tuvo una experiencia extraordinaria que fue ver pasar ese libro de las librerías a los kioskos, el libro fue distribuido por el editor en las librerías de Buenos Aires, pero una semana después hubo una especie de presión popular de ciertos sectores que en general veían bien ese tipo de literatura y los concesionarios no sabían como funcionaba eso, lo pidieron y el libro estaba al lado de los periódicos y las revistas de la semana.

Sucedió muchas veces que andando Cortázar por las calles de Buenos Aires, la gente le pedían su autógrafo, algunas personas le hablaban de su libro “Manuel”, no eran los típicos hombres y mujeres que uno está acostumbrado encontrar, es decir, el intelectual o el preintelectual, pero ya en niveles que salen de la universidad, etcétera, no era esa gente, los recordaba perfectamente bien, por ejemplo, un chofer de taxi que había leído el libro y que estaba sumamente triste porque no tenía con él su libro en ese momento para que se lo firmara.

La observación en general era que muchos no habían entendido la novela “Manuel”, pero al mismo tiempo no parecía importarles demasiado porque lo que habían decidido entender, porque también es una cuestión de opción muchas veces, eso los había calmado y les había gustado; la intención del libro era el hecho de que un escritor tomara partido por los prisioneros políticos argentinos contra la escalada de la tortura y asesinatos en el momento de la dictadura del presidente de facto de Argentina, general Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973), estaba hablando de esa brutal dictadura y que Cortázar hiciera en la medida de sus posibilidades un esfuerzo por ayudar en esa lucha, todo eso lo había tocado profundamente, y es entonces que una vez más Cortázar comprendió que el lector es una entidad indefinible, no se le puede definir como lo hacen algunos ideólogos, no se le puede definir solamente por el plano estricto de la cultura, hay una sensibilidad en el pueblo que a veces reacciona de una manera absolutamente inesperada, se nota en la pintura, en el cine, en los libros.

De la Rayuela, capítulo 12.

“La voz de Bessie Mith se adelgazaba hacia el final del disco, y de ese pedazo de materia gastada renacería una vez más el blues, una noche de las años veinte, en algún rincón de los Estados Unidos; porque era así ese blues cuando lo cantaba Bessie pensó Oliveira otra vez que estaba completamente borracha y lloraba en silencio escuchando a Bessie, estremeciéndose al compás o contratiempo sollozando para dentro, para no alejarse para nada de los blues en la cama la mañana siguiente con los zapatos en los charcos, el alquiler sin pagar, el miedo a la vejez, imagen cenicienta del amanecer en el espejo a los pies de la cama, los blues, escapar infinito de la vida”.

Sobre la literatura de América Latina en su conjunto, Cortázar estaba absolutamente convencido de que uno de los signos revolucionarios más positivos en Latinoamérica es el descubrimiento por parte de una enorme masa de lectores que no existía hace 20 años de sus propios escritores, eso que tanto ha sido atacado con ese triste nombre inglés de Boom latinoamericano ha tenido en su opinión un valor positivo, en el sentido de que es la prueba de que los escritores latinoamericanos no eran en absoluto leídos salvo por minorías ínfimas hace 30 o 40 años, de golpe han encontrado a sus lectores, pero es dialéctica la relación, porque son los lectores que también están encontrando a sus escritores, entonces, hay un mecanismo de desafío y de respuesta que exige cada vez más de los escritores y por lo tanto cada vez más de lectores.

Las referencias a los lectores de Juan Rulfo es una prueba parcial de lo que decía Cortázar, en general, él podía dar ejemplos de su país Argentina, de Uruguay, de Perú, y de tantos otros.

Julio Cortázar no podía olvidar una anécdota que citaba con frecuencia que cuando se publicó su primer libro de cuentos “Bestiario” en 1951, aparecía simultáneamente con ese libro la vida breve de Juan Carlos Onetti, publicado también por la editorial Sudamericana de Buenos Aires.

El anuncio de la aparición de esos dos libros figuraba con letras muy pequeñas al pie de un anuncio donde había diez libros en traducción, lo que se leía en aquella época como Lin Yutang, William Faulkner, entre otros autores, y al final con letras más pequeñas decía novedades nacionales: Juan Carlos Onetti, la vida breve, y Julio Cortázar, Bestiario, es decir, que el libro de Cortázar estaba en el sótano antes que su libro saliera a la venta, y efectivamente, su libro estuvo en el sótano muchos años.

Ese mismo anuncio de las Novedades del mes, si se miraba en un diario argentino la editorial, ahora, es todo lo contrario, se encuentran las Novedades nacionales y luego las traducciones, eso para Cortázar era un índice verdaderamente revolucionario, uno de los factores más positivos en la historia contemporánea de América Latina, la toma de conciencia de nuestros pueblos que tienen escritores y que pueden llegar a establecer un verdadero diálogo con ellos.

Julio Cortázar había vivido más de 20 años en París, entonces aunque parecía curioso es desde París donde había tomado una conciencia bastante amplia de la totalidad de América Latina.
América Latina está muy balcanizada por diversas razones, es decir, los mexicanos no conocen bien a los argentinos, los argentinos no conocen bien a los mexicanos.

Otro punto de vista, París es una capital europea hace que de golpe el escritor tenga una especie de visión conjunta que le permite en pocos años hacerse de una idea de lo que sucede en Colombia, Chile, Argentina, México, además se está en contacto con grupos latinoamericanos que pertenecen a esos países.

El resultado es que Cortázar se dispersaba mucho en sus lecturas, él no podía estar al día en lo que sucedía en la literatura mexicana si al mismo tiempo quería saber más o menos de lo que sucedía en Venezuela, en Chile, sin hablar de la literatura que más le interesaban en igual grado que era la literatura como la francesa y la anglosajona.

La idea de Cortázar sobre la literatura mexicana era naturalmente muy parcelada, coincidía con su propia generación, era muy amigo de Octavio Paz, tenían exactamente la misma edad, con diferencias de pocos días o semanas; Cortázar tenía una amistad con el poeta mexicano desde 1949 desde se conocieron en París, conocía la obra de Paz íntegramente; como conocía muy bien la obra de Carlos Fuentes, a quien conoció después.

Otros escritores mexicanos a los que no había tenido contacto personal como alguien que le interesaba mucho como Salvador Elizondo (1932-2006), por ejemplo, o personas a quienes conocía no tanto por sus libros, sino por su múltiples colaboraciones en revistas literarias que le llegaban a París, eran personas de quienes solo conocía algunos fragmentos de sus obras.

Cortázar podía hablar mucho de lo que pensaba de Juan Rulfo, por cierto lo consideraba como uno de los escritores más grandes no solamente de América Latina, sino uno de los escritores más universales de nuestro tiempo.

Estaba un poco atado por razones de distancia y de generación, a los jóvenes escritores, salvo artículos, poemas y cuentos, que podía leer en algunas revistas de literatura solo los conocía fragmentariamente.

Con respecto a los planes de su trabajo estaban suspendidos en 1975, por las tareas que tenía con problemas históricos en América Latina, él era miembro del Tribunal Russell, y que por ello, había venido a México en 1975, por esa Comisión, a investigar los crímenes de la Junta Militar Chilena, eso va mucho más allá de los 4 o 5 días de cada una de las sesiones sino que hay una enorme tarea de preparación y una tarea de continuación lo cual hace si suma a eso los problemas dramáticos y trágicos vinculados con si propio país y de los cuales le tocaba ocuparse en Europa, eso hacía que su literatura se encontraba en el fondo de un cajón por aquellos momentos, sin embargo, en 1974 publicó un libro de cuentos que tituló “Octaedro” y fue lo último que publicó en aquel año; tenía tantas ganas de escribir que prefería no pensarlo, porque tenía otras cosas que hacer.

Un libro de Julio Cortázar publicado en México, tenía resonancia en Argentina y a la inversa, y en todo el Continente Americano y en los demás países de distintos idiomas, sobre todo en Francia donde vivía hasta su muerte el 12 de febrero de 1984.

eodiego@yahoo.com.mx

lunes, 26 de septiembre de 2011

CARLOS MONSIVAÍS Y CIEN AÑOS DE SOLEDAD




CARLOS MONSIVAÍS Y CIEN AÑOS DE SOLEDAD
Ernesto Ortiz Diego

El 5 de junio de 1967, hace 44 años, se publicó por primera vez en Buenos Aires, Argentina, una novela con un tiraje de 8 mil ejemplares, era Cien años de soledad, del escritor colombiano Gabriel García Márquez.
Carlos Monsiváis en una entrevista un poco antes de morir, señaló que cuando leyó por primera esta prodigiosa novela, sintió admiración ante el lenguaje, toda la fantasía, toda la cantidad de sucesos que acontecen en sus páginas, que la captó desde el principio, que le causó embelesó el registro del idioma clásico, como ese oír desde la mente, estar escuchando, no leyendo, sino estar leyendo en voz alta de la mente. Eso fue lo primero que lo deslumbró, ya después en la segunda lectura fue viendo hasta que punto estaba perfectamente tejida toda una red de asombros.

La novela Cien años de soledad su lectura es complicada, porque requiere una memoria de lector impresionante, porque los nombres se repiten y corresponde a personajes distintos, ¿quién es Aureliano? ¿quién es José Arcadio?, no hay personajes incidentales, hay personajes que cruzan, pero ningún personaje es incidental; todo tiene una razón de ser, pero tampoco dispone el lector de una memoria como un organigrama, es lo que ha exigía desde el principio García Márquez.

Después lo que le asombró a Monsi, fue el éxito, una novela escrita para gozar el español en su esplendor, que traducida en otros idiomas no pierde su eficacia, se ha publicado en más de 70 idiomas, y allí lo importante es la trama , los episodios, la fantasía; pero no estaba de acuerdo en que la novela perteneciera al realismo mágico, al final de todo, el lector se queda con la impresión de que fue un clásico instantáneo, es muy difícil atribuirle a un libro esa categoría de clásico, pero cuando se ha leído Cien años de soledad, se sabe que se está reconciliando con la idea de la novela como el goce del idioma y eso es muy extraordinario.

Si no se goza el idioma, no se goza Cien años de soledad y en las traducciones si están bien hechas, lo que se tiene que gozar es la aproximación lo que da el idioma y desde luego la urdimbre narrativa, no es creíble la cantidad de personajes, propuestas, escenas, y además toda la demolición de la vida política, lo que demuestra la memoria oprimida y echa pedazos por la represión, la matanza que no existió, todo en Cien años de soledad está organizado para que el lector al mismo tiempo goce del idioma, del relato y la idea de gozo omnipresente.

La prueba del tiempo le lleva al lector sobre si mismo, el lector en conciliación con las novelas anteriores que le han interesado y con las noveles que le seguirán interesando, es una suerte de encrucijada al leer Cien años de soledad, se siente que el idioma vale la pena y que las novelas que han consagrado el idioma puede ser Pedro Páramo, Rayuela, La sombra del caudillo, la que se quiera, leer si tiene sentido, la idea de que la novela es el modo de que el tiempo encarna en el lector, se reconcilia con el lector tiene mucho sentido.

Monsi No estaba de acuerdo con el realismo mágico, porque es como decir que “Las mil y una noches” es realismo mágico, las cosas de fantasía y las cosas de realidad estricta, esas pobrezas, esa miserias. No hay propaganda, no es prosa agitativa, en ningún momento, pero la descripción de la matanza es una de las obras maestras, sintéticas de lo que ha sido la represión en América Latina y luego descripción de la miseria esta idea del pueblo que no tiene nada, que está aislado dentro de los límites de la desesperanza, también es una descripción extraordinariamente eficaz, pero no está al servicio de una redención de la pobreza, sino de la localización de la pobreza a través del idioma narrativo.

“La mala hora”, “La ojarasca” y “El coronel no tiene quien le escriba”, de Gabriel García Márquez, son pequeñas obras maestras, digo por el tamaño, pero lo que le da para el gusto de Monsiváis a Cien años de soledad la majestuosidad que sigue asombrándonos es que al mismo tiempo es el génesis, es el canto general, son las grandes crónicas del virreinato, es la historia de Simón Bolívar, Augusto César Sandino, Vicente Guerrero, Josefa Ortiz de Domínguez, Ignacio Manuel Altamirano, José Martí, el héroe y heroína que se quiera y luego una y otra vez se nota cómo García Márquez se está oyendo cuando escribe, cómo el se deleita en esta idea de la prosa, porque además es el producto de correcciones, el libro se digitaliza por los diccionarios, es un clásico, es un encuentro de las generaciones y va a seguir siéndolo, le parecía muy bien que haya gente que nieguen la novela, parece que están en su derecho de lector, pero encontraba que el verdadero parricidio en relación a Cien años de soledad, es no leerla, ese es el problema.

El autor de la novela “Días de guardar” (1970), leyó Cien años de soledad en cinco ocasiones, la última vez la leyó tres meses antes de su muerte, porque le solicitaron que hiciera una crónica de lo que le sucedió a él en Cartagena, Colombia, combinando con su reencuentro con Cien años de soledad.

Lo que le sucedió a Monsi en Cartagena consideraba que le había pasado muy pocas veces en la vida, más de 2,300 personas tenían en común que habían leído un mismo libro; se puede decir lo que se quiera, pero estaban en un acto de amor por el libro más que por el autor.

Para que no se caiga en el parricidio al no haber leído Cien años de soledad, un lector puede saber hasta que altura se ubica en el idioma que habla, para entender que la fantasía no necesita siempre de efectos especiales y para ver lo que puede lograr una persona con solo el recurso de su amor al idioma, los diccionarios, sus fantasías, sus críticas y su realismo, es demasiado en una sola persona, pero esa sola persona logró Cien años de soledad, Gabo García Márquez.

El autor de “Las herencias ocultas de la Reforma Liberal del siglo XIX” (2006), estaba seguro que se van a seguir publicando obras maestras, pero también sentía que la disposición a la lectura está ya muy disminuida en relación al culto a la imagen y que hay que buscar en algún libro como Cien años de soledad.

El escritor de la novela “Amor perdido” (1976), leía muy rápido, porque si no se hacía así era no leer, era perder el tiempo, él no leía el periódico concediéndole mucho tiempo, él fotografiaba mentalmente el periódico, sabía distinguir si había calidad en el algún género periodístico, o si era arrogancia. Después cuando necesitaba saber qué había leído de importancia, consultaba el periódico, pero para él no era conveniente leer todo el periódico en un tiempo muy largo.

El tiempo de lectura que exige Cien años de soledad es otro. Es el tiempo del gozo por cada frase como el inicio de la novela: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Las críticas que le hacen a Cien años de soledad, es que a partir de la segunda mitad de la novela se pierde la “atención”, Monsi no creía en eso, lo que sucede, decía, es la desesperanza, la crueldad, el desastre familiar, es una familia que sufre por todas las familias en América Latina.
Monsi leía entre líneas, porque es más rápida una lectura, no es un encuentro con el drama, ni el sacrificio, ni ponía las palmas de las manos en disposición para los clavos; increíble todo, de la transformación de las bibliotecas públicas en las nuevas bibliotecas digitales, le parecían maravillosas; con todo esos avances tecnológicos, y el que se siga leyendo estos libros, periódicos y revistas impresas en papel, como Cien años de soledad, demuestra que no todo está perdido.